MARTES DE EMOCIONES: CUANDO EL ASOMBRO PASA EL TESTIGO A LA IRA Y ELLA SE DESVANECE ANTE LA TRISTEZA.

Como sabéis trabajo en una administración pública, concretamente en un Equipo de Tratamiento Familiar. Sobra decir que me apasiona mi trabajo (creo que queda latente en cada línea que escribo); claro que, como también muchas (personas) sabéis los presupuestos de la administración pocas veces contemplan recursos imprescindibles, más allá de los humanos (y ni eso).

Mi sala de atención familiar es modesta ¿veis? y, la verdad, me costó conseguirla porque tampoco los espacios sobran en la administración.

Yo, en mi empeño por hacer lo que me gusta, como me gusta y con los recursos que necesito, comencé hace muchos años a adquirir mi propio material, mis libros, mis cosas… y por supuesto a seguir formándome y reciclándome.

Y ¿por qué todo este rollo?, simplemente para poder trasmitiros el juego de emociones que en pocos minutos pueden desregularnos.

Hace días, tras unos días de descanso, entré ilusionada en la sala de acompañamiento familiar a colocar los nuevos materiales que mis magos y magas habían tenido a bien traerme y… ¡¡¡zas!!! SORPRESA.

Asombrada comencé a dar vueltas, mover muebles, mirar y remirar… faltaban cuatro figuras medianas con sus cuatro mascotas. La sala había estado cerrada y yo no podía, ni quería pensar en lo que ya mi mente había empezado a elaborar.

Efectivamente, los músculos de la cara se me tensaron, el estómago apretaba con fuerza, mi temperatura corporal subía y, desde ahí, a soltar un bramido, todo fue demasiado rápido – “Joder, ¿en serio?… no puede ser”. La IRA, mi propia rabia, había tomado el mando. Ella controlaba, yo ahora solo era su marioneta.

Mis compañeras (poco acostumbradas a escucharme bramar) llegaron a la sala y cómo pude, conté lo que acababa de descubrir.

En ese momento si hubiéramos tenido un scanner de emociones hubiera sido impresionante. Incredulidad, sorpresa, miedo, asco, tristeza, irritación, tensión, inseguridad, vergüenza, culpa… miles de colores hubieran atravesado la sala y, desde ahí, a la COMPASIÓN y a la TRISTEZA.

No lograba dejar de darle vueltas, pensar posibles culpables, intentar darle un sentido o un sinsentido, lo que fuera, para poder seguir el día.

En ese estado, llamé a mi compañero de viaje (“El siempre encuentra las palabras justas o el silencio adecuado”- pensé) le conté y, sin titubear, con calma, me dijo “parece que no puedes hacer mucho más ¿no?… piensa que quizás un niño o una niña esté disfrutando ahora con ellos” … joder, en mi torbellino, esa posibilidad no existía y escucharlo me abrió ahora una nueva puerta: la de la ACEPTACIÓN.

Es curioso como ahora, al mirarlo desde la distancia, soy capaz de darme cuenta de todo el movimiento emocional que, en la gran mayoría de ocasiones, paso, pasamos desapercibidas.

Me queda la TRISTEZA, empañada con un halo de INSEGURIDAD que espero poder ir haciendo cada vez más trasparente; Ya no busco culpables, quien lo hizo, a estas alturas, posiblemente ya se haya dado cuenta que no me robó nada a mí; se llevó la esperanza de los papis que, antes de comenzar la sesión, se acercan a la estantería a coger a su hija (una de las figuras que ya no está) para sentarla a su lado y no perder de vista el sentido de cada encuentro; se llevó la felicidad de Manu, cada vez que se permitía jugar en la sala con ellas, porque en casa “eso es cosa de niñas”; se llevó el destello de la sonrisa de Valeria, cuando iba colocando algunas de las mascotas en su caja de arena… y se llevó algo enorme: la seguridad que durante muchos años hemos tenido en nuestro centro.

Ojalá y todo fuera tan fácil como sustituir unas piezas por otras.

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