MIS EMOCIONES SON MÍAS

Quien me va conociendo sabe que para mí la RESPONSABILIDAD es un valor incalculable. Con las EMOCIONES, y concretamente con la expresión de la emoción, es realmente fácil caer en la trampa de culpabilizarnos o, lo que es peor culpabilizar a otras personas, al mundo o a la mala suerte y des responsabilizarnos ¿no os parece que no sirve de mucho?.

Aba suele explotar cada vez que su pequeña May tira los juguetes por el salón. Inmediatamente su rostro se desordena, se vuelve gris y árido, lo que acompañado de sus aspavientos y sus gritos asusta muchísimo a la niña. En cuestión de minutos Aba suele darse cuenta (sobre todo si es capaz de mirar el rostro de su hija a tiempo) y justo entonces le envuelve la CULPA.

Ese momento es tremendo para ella y comienza a abonar su fantasma con “lo mala madre que es”, su escaso autocontrol, el qué dirán los vecinos cada tarde al escucharla… a la par que, a la velocidad de la luz, va recogiendo todos y cada uno de los juguetes mientras se lamenta y no permite que May se acerque. Es incapaz de disculparse. Esta situación se repite con cada cosa que no es resuelta como a ella le gustaría.

Para Aba la gestión de la ira es complicada y le genera grandes dosis de culpa que no hacen más que aumentar su sufrimiento. Por su parte, May sufre los “efectos colaterales”. Por un lado, siente MIEDO, tanto, que en alguna ocasión llegó a hacerse pis encima y que ha ido expandiéndose a otros momentos y con otras personas (es extremadamente sensible tanto al lenguaje corporal como a los tonos y ritmos del lenguaje); por otro lado, la VERGÜENZA y la CULPA también van abonándose en ella. A medida de crece, sus dificultades aumentan.

Cuando Aba comienza a buscar ayuda no lo hace para ella sino para su hija que estaba teniendo verdaderos problemas en la relación con los demás, tanto en casa como con sus iguales. Desde el principio era evidente que sus intenciones para con May eran la mejores que una madre puede tener, sin embargo, la escasa conciencia de las emociones propias y la creencia absoluta de “yo soy así y ella sabe que la quiero” eran sus mayores ataduras.

La única manera que tenemos de regular nuestras emociones es asumiendo nuestra responsabilidad para con ellas. Hacernos cargo de ellas supone un enorme y grandioso paso en el que PASAMOS DE PREOCUPARNOS A OCUPARNOS.

Está claro que si lo que venimos diciéndonos durante años no funciona, solo hay una solución: CAMBIARLO.

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