UN LENGUAJE MÁS ALLÁ DE LAS PALABRAS. Entre la responsabilidad y mis propias sombras.

Cambiar aquellas cosas que no nos hacen sentir bien pasa por atrevernos a hacer de manera diferente, a mirar desde ángulos que, de inicio, no nos hemos atrevido a explorar, a sentipensar considerando otras hipótesis, a creer que hay un lenguaje más allá de las palabras.

Porque sí, no siempre llegamos a donde deseamos engarzando letras. Hay chavales, chavalas a quienes hablar de sí mismo les resulta imposible, de inicio. Sería como pedirles subir el Everest sin ni siquiera haber paseado alguna vez por un pequeño monte.

Hay, por otro lado, padres y madres que, acostumbrados a engarzar letras, pueden hacer todo un manual de cómo deberían ser las cosas pero que, en el día a día, son incapaces de llevarlo a la práctica; bien porque jamás lo percibieron en sí mismo, bien porque han experimentado en demasiadas ocasiones el PREOCUPARSE y bastante menos el OCUPARSE (que implica atreverse a salir del “debería”), bien porque el miedo al fracaso, a perder el rol (tatuado a fuego), tiene bastante más fuerza o bien porque sienten que al dejar salir las emociones serán más débiles.

Así, vamos aprendiendo a relacionarnos sin que se nos mueva una pestaña, desde una rigidez aprendida que, lejos de ayudar, nos encasilla y no nos permite el crecimiento.

Ser madres o padres, personas cuidadoras, conlleva una responsabilidad que, tal y como yo lo veo, a veces se nos va de las manos. Necesitamos tan solo, como diría Winnicott, ser una “madre suficientemente buena” (lo que no significa que no podamos equivocarnos ¿Cómo aprenderían nuestros hijos si fuéramos perfectas?).

Nuestras inseguridades forman parte de nosotras, igual que nuestros miedos, nuestras emociones (más o menos respetadas), nuestros pequeñas o grandes heridas… ignorarlas solo consigue rigidez y distanciamiento.

Pero ¿podemos siempre poner palabras a todo esto?

Pasa a menudo que, aun cuando las reconocemos, somos incapaces de describirlas, de ponerles nombre (y mucho menos apellidos). Ahí, justo ahí, es cuando dar rienda suelta a la creatividad cobra mayor sentido.

Jonathan nunca había hablado con nadie de su rabia, sencillamente, estaba ahí, era su rabia y sin ella ¿qué quedaría de él?. Durante años había pasado desapercibido (también su rabia) y al llegar a la adolescencia, el «niño callado» se volvió insoportable para su madre. En otros contextos continuaba “sosteniendo el disfraz” que poco a poco se iba también deshaciendo, pero en casa, en casa, era diferente.

No tenía letras que hilar, menos aún palabras. Sin apenas darse cuenta, en aquella incómoda primera sesión donde el silencio pesaba demasiado, tomó voluntariamente unos cuantos lápices y, lo que comenzó como un garabateo desordenado terminó siendo el primer relato sordo compartido. Tan solo me miró y se despidió hasta la próxima sesión; sus ojos… su mirada, no era la que entró en la sala.

Y es que, en ocasiones, el trabajo terapéutico es complicadamente simple; si somos capaces de detenernos en las formas más sutiles de acompañamiento, si conseguimos creer en nuestra creatividad y en la creatividad de las personas a las que acompañamos, si somos capaces de escuchar los silencios, los gestos, las voces sordas del miedo… quizás, entonces, haya más puertas abiertas, más caminos por descubrir.

La creatividad es para mí un mecanismo indispensable de salud emocional personal, es la capacidad para reciclarse y poder cambiar las maneras de actuar, escogiendo otras que se ajusten mejor a las necesidades de la persona, en función de lo que ocurre en su entorno. De ahí que la ausencia de creatividad pueda plantearse como rigidez, como vivir en función de nuestros juicios, de aquello que creemos lo correcto, lo que nos enseñaron, los “deberías”.

Patricia lleva años luchando con su hija, cree firmemente que su papel es el de protegerla y así fue durante mucho tiempo pero ahora su hija tiene veintidós años y “protegerla” cobra otros muchos significados (acompañarla, tenerla en cuenta, ser puerto seguro al que querer/poder volver, etc.).

Cuando la “protege” coarta partes imprescindibles para el desarrollo de su hija (la autonomía, la libertad, la toma de decisiones, la reflexión, la posibilidad de equivocarse y junto a ésta la capacidad de restaurar, etc.), la aleja, le habla de los “debería”, le indica los caminos y le va retirando las posibles piedras del camino. Y no, no funciona, porque desde aquí no hay conexión, no hay entendimiento y sí muchas palabras unidireccionales que no encuentran eco al otro lado. Ahora su hija no necesita de esa “protección” y sí necesita sentirse protegida (no ignorada, rechazada, incomprendida).

Aquí, la creatividad podría ser un nuevo canal de comunicación, un mecanismo de adaptación primario, necesario para que Patricia logre acercarse a su hija desde otro lugar, muy distinto al lugar desde donde se acerca ahora. Sería la integración creativa del conflicto interno y externo, algo así como: soy capaz de ver que ella también sufre y lo que hace no es más que el reflejo de su incapacidad para enfrentarse a lo que siente.

Quizás si, en vez de bronquearla y decirle lo que tiene que hacer, soy capaz de reconocerla, de acompañarla con lo que es y con lo que hace, dejando a un lado mis juicios y dando tiempo y espacio…; quizás si en vez de entrar a cada una de sus dolorosas frases: “eres tal o cual, claro tu lo sabes todo”, “me tienes que pagar/comprar tal cosa” o “me da igual lo que pienses porque yo voy a hacer lo que me de la gana”, fuera capaz de escuchar/leer lo que hay debajo de ellas: “no me siento válida, no puedo superarte”, “tu me enseñaste a tenerlo todo, ahora no puedes quejarte porque te lo pida” o “en realidad no me da igual lo que piensas, sin embargo, no creo que puedas entenderme cuando te lo cuente”.

Y es que, las situaciones en las que la creatividad se vuelve más necesaria tienen que ver con el conflicto, con aquello que nos cuesta mirar, con nuestras “sombras”. Aquello que hace que necesite un cambio para estar mejor, para cambiar una situación desagradable, o simplemente para dar un paso adelante en una situación que pueda ser cómoda, pero que quedó estancada: poder salir de la zona de confort (que en demasiadas ocasiones mantenemos aunque no nos hagan sentir bien), para poder ampliarla y mejorarla.

Si nos permitimos y desarrollamos la creatividad estamos abriendo nuevas posibilidades a la integración de cuerpo, mente (razón) y alma (emoción); seremos capaces de incorporar a nuestro día a día “el sentir, el hacer, el pensar y el expresar” y con ello aumentamos las posibilidades de bienestar.

Mi objetivo como persona es CONSIDERAR LA TOTALIDAD DE MI VIDA, LA MANERA EN QUE ME MUEVO, TRABAJO, AMO Y VIVO COMO UN PROCESO CREATIVO (como arte), y así intento que sea también en mi trabajo.

Porque como diría Zinker

estoy dispuesta a arriesgarme al ridículo y al fracaso

para poder experimentarlo como novedad y con frescura”.

(J. Zinker)

BIBLIOGRAFIA

  • CORNEJO, L y BAUMAN, E (2017). Conversando con Erik. Una mirada gestáltica y relacional en la terapia y educación con niños y adolescentes. Bilbao: Desclêe De Brouwer
  • CYRULNIK. B. (2003). El murmullo de los fantasmas. Barcelona: Gedisa
  • ZINKER, J. (1979) El proceso creativo en la terapia gestáltica. Buenos Aires. Paidós.

🤔Artículo de reflexión, basado en experiencias reales.

😃Artículo respetuoso con la diversidad. Intento utilizar lenguaje inclusivo y no sexista siempre que me es posible. He decidido minimizar los desdoblamientos y el uso de x, @, / para facilitar su lectura.

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