CUANDO LOS ÁRBOLES NO NOS DEJAN VER EL BOSQUE.

La importancia del afecto en la prevención del abuso sexual infantil.

Lisa llegó a mí la primera vez en 2005, tenía dos años y era la menor de cuatro hermanos. En aquel momento la toxicomanía de su padre, la alta conflictividad en casa y la enfermedad de su tía (que convivía con ellos), marcaban las dinámicas familiares, aunque ellos, en ese momento, no podían/querían verlo “lo único que pasa es que tenemos mala suerte, ella es pequeña y no se da cuenta de nada” -repetían. Esta fue la puerta de entrada en aquel momento. La dificultad de ajuste y la expresión interna de sufrimiento eran, quizás las formas de involuntariedad más claras. Hizo falta poner mucho empeño en el proceso para entender y que nos entendieran, hubo momentos en los que sostener su sufrimiento fue complicado.

Los roles de cada miembro de la familia estaban distorsionados y entre ellos se forjaban vínculos cada vez más tóxicos. Lisa aprendió a estar en silencio y alejarse y, para ellos, era lo mejor “está bien, no da problemas” – expresaba su madre en cada sesión -, mientras Lisa permanecía en su carro con la mirada perdida, sin que nos permitieran poder acercarnos a ella, acariciarla o hacerle un arrumaco; no contábamos con ni un atisbo de conciencia (o eso creíamos entonces) y la familia bloqueaba cualquier intento de acercamiento, sobrevivían en una realidad paralela (disociación) y, aun con múltiples dificultades, habían aprendido a hacerlo desde ahí; ese lugar peligroso y distante, era para ellos un lugar conocido y, pese al peligro, cómodo.

Pasaron meses de sesiones en las que el único objetivo era poder trasmitirles amor, confianza, seguridad y, en la medida de lo posible, trabajar sobre la relación, los vínculos, los apegos, la autoestima… La clave estuvo en deconstruir el mantra “no tienen conciencia del problema”, en cambiar nuestra actitud, porque entonces, lo que realmente no tenían era el “control” del problema. Fuimos poco a poco, hablábamos sobre todo de pequeños logros cotidianos, de fortalezas, de ilusiones, mostrábamos formas de interacción y conexión emocional que, en aquel momento, ellos no entendían (o no podían entender), los fantasmas eran demasiados. Tras casi dos años de acompañamiento, Juan decide salir de su zona de confort e ingresar en centro de desintoxicación y Pura, la mamá, decide dar por finalizado el proceso terapéutico, para ella con “éxito”. Ahí estaba la verdadera demanda encubierta.

Como sabéis trabajo en un Equipo de Tratamiento Familiar. A grandes rasgos, he de comentar que mi foco de actuación es el de familias con niños, niñas y/o adolescentes (NNA) en situación de riesgo grave o desprotección que llegan a nosotras derivadas desde los servicios sociales comunitarios o desde el servicio de protección de menores. Se trataría de llevar a cabo un tratamiento específico e integrador que permita la adquisición de pautas rehabilitadoras que compensen los efectos de dichas situaciones sobre el bienestar de los NNA, a fin de preservar sus derechos y promover su desarrollo integral en el medio familiar o, cuando se trata de niñ@s institucionalizados, posibilitar su retorno a la familia de origen (en aquellos casos en los que, tras la adopción de una medida de protección, se contemple la reunificación familiar como la alternativa prioritaria y más adecuada). Dicho esto, pareciera, que se trata de un contexto de voluntariedad (y así es oficialmente) donde yo mamá, yo papá, cuidador/a, llego consciente de mis dificultades y del daño que éstas (y otras) provocan en mis hij@s porque alguien previamente tuvo que trabajar conmigo para poder ser derivados al ETF. Nada más lejos de la realidad (en general).

¿Por qué cuento todo esto? pues para poder incidir en una de las ideas que cada vez tengo más clara y que, Daniel M. Campagne, expresa sin tapujos: “el (la) terapeuta no nace, se hace”. A veces, me descubro preguntándome cómo acompañaba yo a las familias, a los chicos y chicas en 2003…  y, si algo tengo claro es que ell@s son los principales actores y actrices y nosotras un vehículo, más o menos competente, para acompañarl@s en sus propósitos (no siempre claros ni sencillos).

Lo que verdaderamente importa y en lo que me afano desde el primer momento es en crear vínculo, en conseguir una alianza terapéutica que nos permita crecer (a tod@s) porque, desde hace ya bastantes años lo veo con claridad, no puedo salvar a nadie.

A mí me encantan las metáforas y trabajo con ellas a diario. Cada vez que inicio un proceso terapéutico con una familia, las metáforas me ayudan a hacerme entender; suelo partir de que si están aquí (en nuestra sala) es porque hay amor hacia sus hij@s y un deseo de “lo mejor” para ell@s, igual, el foco hay que ajustarlo o quizás es cuestión de cambiar de gafas… eso lo iremos viendo; por el momento, han llegado a la sala y eso, ya es mucho.

Una metáfora que suelo introducir para devolverles su responsabilidad y a la vez fortalecerlos es la del carro. Algo así como: “imaginaos que vuestra vida pudiera estar acumulada en un carro, a nuestra edad, el carro está lleno de cosas, unas más pesadas y otras menos, el camino por el que tenemos que ir está lleno de curvas, también de rectas y lo que más nos cuesta: las pendientes, quizás ahora estamos iniciando la subida a una de ellas. En este momento nos encontramos en el camino y, que bueno, que podamos acompañarnos; igual no podremos compartir toda la carga, pero siempre podremos acompañarnos y ver si podemos ir, reciclando, aligerando (no tirando, no desechando) parte de ella. No os olvidéis, el carro es vuestro, en algún momento de la subida podremos empujar con vosotros, pero si soltáis, nosotras, por respeto a vosotros, también soltaremos”. Y, dependiendo de la familia la metáfora toma vida y voy ajustándola a su realidad concreta.

Para mí, ese es un momento clave en el que intento devolverles que son importantes, que sus actitudes y habilidades pueden ser suficientemente buenas para conseguir los objetivos que nos propongamos porque para llegar hasta aquí han tenido que atravesar otras cuestas, infinitas curvas y alguna recta. Se trataría de restituir desde lo que sí tienen.

De esta manera, es fácil entrever que, para mí, los aspectos más importantes para lograr resultados óptimos son la confianza, el dar voz a los protagonistas y lograr que la nuestra tenga un lugar para ellos, la calidez y una estructura fuerte, un procedimiento (más o menos flexible) que sea claro para ambas partes.

Y dicho esto, volvamos a Lisa. Muchos años después, nuestros caminos vuelven a cruzarse. Lisa a sus 14 años ha sido víctima de abuso sexual. Juan continúa abstinente y Pura atraviesa un cáncer.

Esta vez sí hay demanda explícita. La familia solicita apoyo en torno a la adquisición de competencias (habilidades + capacidades y actitudes) para poder acompañar / apoyar a su hija tras la violencia sexual sufrida, negándose a ser atendida por cualquier otro equipo y de esta manera no destapar el SECRETO.

El absentismo y el aislamiento de la menor (“no se separa de mí, ella estará siempre conmigo”) son, en este momento evidentes, y marcan el día a día de Lisa, quien ha perdido su rutina, sus escasos referentes socioemocionales y, en definitiva, todo aquello que pudiera suponer cierta “normalidad” en una chica adolescente.

Por supuesto, pese a ellos, lo primero fue hacerles entender que ese gran secreto impediría cualquier evolución o posibilidad de resiliencia. Finalmente, la familia denunció y el equipo, por supuesto, hizo también su parte. Meses después el agresor entró en prisión y el proceso terapéutico siguió su camino.

Dicho así parece sencillo, nada más lejos de la realidad, estábamos llenas de incertidumbre y responsabilidad. Actuar mejor, lograr algún avance, pasaba por tomar decisiones de inicio que serían claves para el desarrollo posterior de la intervención. Teníamos claro lo que debíamos hacer: denunciar y conseguir que la familia también lo hiciera. Los hechos no tenían debate (delito de violencia sexual), el dilema se situaba un pelín más al fondo.

Llevamos a cabo un proceso deliberativo intenso. Solicitamos supervisión, recopilamos informes, planteamos demanda, lo situamos dentro de su historia y, por supuesto pedimos ayuda para tomar decisiones dado que, aunque en el equipo teníamos claro lo que hacer, nos surgieron importantes dudas morales. A saber, teníamos claro que había que apoyar a Lisa y, por supuesto, a la familia. Para nosotras era imprescindible la denuncia y, claro, esto conllevaba destapar el secreto, lo que podría tener consecuencias dado que ellos consideraban que, de hacerlo, Lisa podría “hacer alguna tontería”- decían. Ahí, justo ahí, surge para nosotras el problema ético ¿y si Lisa hablara en serio (que lo hacía)?, ¿Quién sería responsable de que Lisa pudiera llevar a cabo alguna de sus amenazas autolíticas?, y ¿si tenemos un equipo específico para Abuso Sexual Infantil (ASI), no sería mejor que fueran ellas las que atendieran el caso?.

Lo cierto es que, en este sentido, no hubo demasiado debate: había un delito y denunciarlo era imprescindible; dada la situación, al equipo le tocaba dar muestras de comprensión a la familia a la vez que explicar y trabajar con ellos para lograr un cambio de postura, ofreciéndoles el apoyo y acompañamiento necesario durante el proceso y, de facto, ir concienciando sobre la necesidad de derivar a recurso específico ASIs. La evaluación y monitorización de la intervención ha sido continua durante los meses de tratamiento familiar, lo que nos ha permitido continuos reajustes.

Lisa retomó lenta, muy lentamente, la asistencia al IES lo que, junto a la vinculación de la adolescente a entidades socioeducativas de la zona, apoyó su reinserción en el medio y el establecimiento de nuevas relaciones sociales. Conseguimos que la familia y la propia Lisa aceptaran la derivación al recurso específico de violencia sexual infantojuvenil y que, no sin dificultad, retomara poco a poco su vida.

No fue fácil y no lo será para ella… las heridas pueden llegar a curarse, pero las cicatrices no desaparecen.

En más ocasiones de las que nos gustaría, los árboles no nos dejan ver el bosque y mirar en una sola dirección dispersa o hace pasar desapercibidas situaciones más amplias, que pertenecen a una misma realidad y que, quizás cuando logremos intuirlas, pueden haber modificado todo el paisaje.  

Ojalá seamos capaces de mirar más allá de lo que tenemos justo delante 💜

BIBLIOGRAFÍA

  • BAITA, S (2015). Rompecabezas. Una guía introductoria al Trauma y la Disociación en la Infancia. Buenos Aires.
  • ESTALAYO, A.; RODRÍGUEZ, O; GUTIÉRREZ, R. y ROMERO, J.C (2021). Psicoterapia de vinculación emocional validante (VEV). Barcelona: Ediciones Octaedro.

* Artículo de reflexión, basado en experiencias reales, he modificado nombres y añadido o eliminado aspectos importantes al objeto de salvaguardar la privacidad.

* Artículo respetuoso con la diversidad. Intento utilizar lenguaje inclusivo y no sexista siempre que me es posible. He decidido minimizar los desdoblamientos y el uso de x, @, / para facilitar su lectura.

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