CUANDO ESTOY AQUÍ “PERO” …

Contextos de involuntariedad. Crear el vínculo desde lo que sí hay.

El primer día que recibo a una familia suelo, primero, estar muy atenta a “devolverles” lo que es suyo, lo que sí tienen.

Mi contexto de trabajo, en principio, no es de involuntariedad, no obstante, cuando una familia llega a él suele haber un “estamos aquí porque DEBEMOS estar”, ¿voluntario?, no siempre. Además, en ese primer encuentro no suelo encontrar fácilmente los NECESITO, los NECESITAMOS y llegar a establecer un DIÁLOGO COMÚN (o una relación dialógica como diría Jaakko Seikkula) es complicado si no somos capaces de ESCUCHAR esos “debemos” validando cada coma, cada silencio, cada expresión de rabia, cada gesto; se me antoja imprescindible entender sus buenas razones, sus quejas, para poder devolverles la responsabilidad sin cargar en exceso el carro porque hay veces en las que, para culminar con éxito una tarea, tendremos que dar varios viajes.

Especialmente, esa primera sesión (y todas las que vendrán después, por supuesto) requiere estar atenta para no caer en juicios fáciles (los DEBERÍA) porque se trata, sobre todo, de crear de manera “arte-sana” un lugar al que desear volver; crear un espacio seguro y confiable se convierte en mi único objetivo de inicio.

John Bowlby, Mary Ainsworth o Linehan, entre otr@s nos han hablado de la importancia de los vínculos, han establecido tipologías de apego (seguro, inseguro-evitativo, inseguro-ambivalente, desorganizado), han estudiado a fondo las interacciones entre la figura cuidadora y el niño o la niña, la influencia que ambas partes tienen en la otra, la importancia del contexto… parece, sin lugar a duda, que ¡el vínculo importa!!!! Y si es así, si tan importante es para asentar una base segura en nuestros niños y niñas ¿por qué no lo tenemos tan claro (o, sí lo tenemos y nos cuesta) en los contextos de trabajo terapéuticos, con las familias a las que atendemos, con jóvenes y no tan jóvenes?. A mi modo de ver, no es posible que se generen cambios significativos sin relaciones significativas.

Hace unos días un colega, Gorka Saitua, publicaba en su blog un artículo “Un pozo profundo” (https://educacion-familiar.com/2022/02/16/un-pozo-profundo/#more-9323) en el que, si tenéis la oportunidad de leer, explicaba de manera muy visual cómo, a veces, las personas caen en un pozo bien profundo del que les cuesta salir y aún cuando hay muchas personas que intentan ayudarle, la gran mayoría no lo consigue. Pues bien, a eso me refiero.

En más ocasiones de las que nos gustaría, la ayuda no consiste en ordenar, dar herramientas, orientar o decir los cientos de “debería” que se nos ocurran; cualquier técnica, cualquier modelo maravilloso, es ineficaz si antes no se ha creado la conexión necesaria, la sintonía relacional que se convertirá en el motor de transformación más potente “(…) hay otros que se quedan allí, mirándolos. Y al verlos y sostener su mirada, el frío y el terror se meten también en su cuerpo. Bajan junto a ellos, y permanecen con los mismos olores, el mismo dolor de las congelaciones y de los sabañones, compartiendo el frío.  Entre estertores, ambas miradas hablan. Lo hacen con pequeños movimientos de los ojos, sin que prácticamente se note. Y allí, conectadas, se transmite lo más importante. (…) Y, si hay suerte, «la ayuda viene de camino.» Entonces, pasan cosas maravillosas, mágicas e inesperadas, allí abajo”. (Gorka Saitua)

Claro que la alianza terapéutica no lo es todo, es más, es solo el principio porque sin ella, sin esa base segura, será imposible afrontar dificultades, bajar a los acantilados o deshacer los infinitos nudos de años. No es la primera vez que lo digo ni será la última, en general los padres, las madres, hacemos lo que podemos con lo que tenemos y en mi contexto (Riesgo grave de desprotección) NO es diferente.

Desi llegó a nuestro equipo asustada, cabizbaja, culpable, encogida… gris. Ella no pidió ayuda, al menos literalmente, pero su infancia complicada, su adolescencia combativa, sus varios intentos de suicidio y su reciente maternidad que no pudo/supo sostener, alertaron al Sistema de Protección tras recepcionar, procedentes del sistema de salud, varios ingresos del bebé compatibles con maltrato físico.

Su silencio y su vergüenza rugían fuerte por todo el pasillo hasta llegar a la sala, donde se hicieron aún más potentes. Tenía diecinueve años, un bebe, unas cuantas interrupciones de embarazo previas y ningún referente cuidador/a en su infancia, que pasó a camino entre tíos y abuelas, entre abuelo y tías.

¿Voluntario?, ¿involuntario?… qué mas da. Desi estaba allí y eso era lo único importante en ese momento. Llegar al Equipo de Tratamiento Familiar derivada por el Servicio de Protección de Menores no es fácil, os lo aseguro. Tampoco lo fue para ella.

Claro que Desi tenía, además, toda una vida por delante, un bebe al que, verdaderamente, quería (aunque aún no sabía mucho sobre cómo demostrárselo), una mirada que, aunque ausente mucho tiempo, buscaba tímidamente el contacto cuando nuestro silencio también retumbaba en las paredes de la sala, tenía miedo y también esperanza. Desi estaba en el pozo.

Y en este lugar, justo en este punto, es cuando me toca decir fuerte y claro: ¡¡¡lo siento!!!. Porque quienes la atendieron previamente solo vieron y nos mostraron sus sombras, porque pasó de puntillas durante años y nadie la vio a ella, porque ningún profesional nos habló de sus potencialidades, porque el sistema aún tiene muchas grietas (y me incluyo como parte de él) y no se puede ni se debe amenazar, jamás, con perder lo más preciado que tienes. Claro que, ahora, la responsabilidad es suya y claro también, que no podremos lograr cambios si la invisibilizamos.

“¿me lo van a quitar, verdad?”, esas fueron algunas de sus escasas palabras ese primer día. Al paso de los meses, ella misma nos confesó que cuando quedó embarazada su primera intención fue interrumpirlo y no pudo “porque yo no tenía a nadie y sabía que, si lo tenía, tendría un motivo para vivir”.

Lo cierto es que Desi no ha vuelto a tener intentos de suicidio y aunque su frase nos pueda parecer muchas cosas, no es momento de juzgarla sino de llenarla de sentido y como siempre nos gusta decir, reparar, restaurar, co-construir. No podemos cambiar el orden de las cosas, pero sí podemos reelaborarlas para que Desi llegue a darse cuenta de que, ahora, es ella la que cuida, la que protege, la que da vida a su bebe y a la que la vida ha puesto en el lugar justo en el que le toca parar la espiral.

No será fácil y sí, puede ser posible. Por ahora, su bebe ya busca su mirada y ella consigue, a veces, devolvérsela mientras le sonríe levemente.

No se trata de correr los cien metros lisos en el menor tiempo posible sino de comenzar un camino que, en unos meses, ella pueda continuar en solitario.

BIBLIOGRAFÍA

  • HUGHES D. (2019). Construir los vínculos del apego. Eleftheria. Barcelona
  • MARTINEZ DE MANDOJANA VALLE I. (2021). Pero a tu lado. El Hilo Ediciones. Madrid
  • PITILLAS SALVÁ, C. (2021). El daño que se hereda. Desclèe De Brouwer. Barcelona

Nota: Caso ficticio basado en experiencias reales.

* Artículo respetuoso con la diversidad. Intento utilizar lenguaje inclusivo y no sexista siempre que me es posible. He decidido minimizar los desdoblamientos y el uso de x, @, / para facilitar su lectura.

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