¿ME VES? SOY YO, TU HIJO.

Algunos roles que, sin querer, podemos estar dándole a nuestros hijos e hijas

Los conflictos son parte de la vida, sin ellos, nuestra capacidad de crecimiento se vería mermada y muchas de nuestras habilidades, enormemente disminuidas pero claro, no todos los conflictos son iguales y, en demasiados, terceras personas se ven inmiscuidas. En estos casos, poder darle su lugar es importante, tenerlas en cuenta y empatizar con su sentir, imprescindible.

¿Qué asunto más complicado, no?, pocas veces nos paramos a pensar en él y cuando lo hacemos, a veces somos tan cautas que obviamos partes importantes que, de mirar, nos ayudarían a resolver de otra manera o, al menos, a comenzar a tener en cuenta esas partes silenciadas.

Imaginemos una ruptura, una separación o un divorcio, por ejemplo. ¿Cuántas partes se resquebrajan?. Fácil, dos. ¿en serio? Y si hay hijos e hijas ¿cuántas?… aquí es donde nos paramos a pensar un poco.

Trabajo a diario no con dos sino con tres, cuatro, cinco… un montón de partes y todas ellas, sin remedio, unidas en un mismo todo: la familia. No es la primera vez (ni será la última) que afirmo con rotundidad que “el todo es más que la suma de sus partes” y, sin embargo, ser capaz de reconocerlas a todas es solo el principio.

Otro de mis grandes preceptos es que “la pareja puede romperse pero no debería romperse la parentalidad” y esto es complicado si no se tiene plena conciencia de lo que supone (poner el foco en los hijos e hijas cuando el conflicto está abierto en la pareja es todo un reto).

Ante una separación o divorcio muchas parejas se ven atrapadas en procesos complicados que les cuesta manejar. La cosa se complica cuando hay hijos e hijas porque aunque todas sabemos que de una u otra manera se verán involucrados, en bastantes ocasiones, se nos olvida que la relación padre-madre-hijo/a se verá afectada y en esto, madres y padres tenemos mucho que ver y hacer. De nosotras depende el lugar en el que los situaremos.

¿Quién no ha escuchado nunca eso de “yo solo quiero lo mejor para ellos”? solo hace falta parar un pelín y darnos cuenta que en este “lo mejor para ellos” pocas veces se les consultó, pocas veces se les tuvo en cuenta.

Venga, me desenredo e intento aclarar, porque de eso se trata de ver qué roles, qué papeles podemos estar dándole a nuestros hijos e hijas sin ser conscientes de ello.

En divorcios especialmente difíciles la comunicación entre los adultos se rompe y uno de los roles más comunes que asumen los hijos e hijas es el de “NIÑOS MENSAJEROS” que, se encargan de transmitir a la otra parte cuestiones que no les pertenecen e incluso reproches, del tipo “dile a tu madre que no me pasó la manutención”, “yo no quiero saber nada de eso, le toca a tu padre comprarte los libros así que díselo a él” o “no se te olvide decirle que tiene que ir a gestionar tal o cual cuestión, por tu bien”.

Este es el caso de Cristina que desde hace algún tiempo tiene dificultades importantes a nivel emocional, llegando a pensar que ella no es importante y que sus necesidades son una complicación más que no siempre, sus padres, quieren/pueden cubrir y cuando lo hacen es porque “se sienten obligados” o porque “lo dice el juez”, pasando ella a un segundo plano desde el que le cuesta gestionar de manera adecuada la percepción de sí misma y de los demás “lo único que siento ahora es que soy una carga para ellos” – decía, mientras buscaba en su cabeza soluciones inalcanzables para sus 12 años.

Pensemos por ejemplo en María, la primogénita de una pareja que, tras años de intentar mantener una relación a base de creencias impostadas del tipo “el matrimonio es para siempre”, “lo mejor para nuestros hijos es que estemos juntos”, “en la separación siempre hay alguien que pierde”… se convierte, de repente, en “NIÑA ESPÍA” de una de las partes o de ambas. En cada visita o tras ella es sometida a interrogatorios que no la dejan indiferente (qué han hecho, dónde han estado y con quién, etc.).

La lealtad es sin duda un valor positivo que intentamos transmitir a nuestros hijos e hijas y por ella, María, intentará de inicio complacer a cada parte hasta que va dándose cuenta que condescender con una parte significa vulnerar a la otra y que, consciente o inconscientemente, su padre o madre la utilizan para obtener información, no solo sobre ella sino también (y a veces especialmente) sobre el otro miembro de la pareja. Este conflicto de lealtades genera en ella confusión y malestar y con el tiempo puede convertirse en desconfianza e incluso en un absoluto mutismo.

El caso de Pedro era diferente, sus padres se divorcian tras una infidelidad por parte de uno de ellos. Pedro se convierte de pronto en “NIÑO CONFIDENTE” de uno de ellos, quien le cuenta con pelos y señales lo ocurrido y, en ocasiones, carga de negatividad a la otra parte, excediendo sobremanera la información que Pedro puede manejar o sostener, lo que va creando una sobrecarga emocional que, en algunos casos, le desborda pudiendo llegar a poner en juego su propia infancia y valores tales como el respeto, la confianza o la honestidad.

Por otro lado, en cada vez más ocasiones, Pedro siente ser una “carga” para su madre que, en paralelo, suele recordarle que ella no se irá, “no te preocupes Pedro yo sí que voy a estar aquí y estoy dispuesta a sacrificarme por ti”. Lejos de ayudar a Pedro, recibir este tipo de mensajes le produce aún más sobrecarga. Suelen ser niños que se viven a sí mismos como “culpables del sacrificio” que su padre o su madre “debe hacer por ellos”.

Anna jamás hablaba de su mamá. Desde que sus padres se separaron, el juez otorgó la custodia a su padre quien, de un día para otro, la asumió en solitario y prohibió a su hija mencionar a su madre en casa. Anna pasaba fines de semana alternos con su madre y solían ser momentos de disfrute para ambas, sin embargo, el resto del tiempo cualquier comentario sobre su madre era silenciado.

Anna es una “NIÑA ESCINDIDA”, tras la separación las fotografías en las que aparecía su madre desaparecieron de su vista, las preguntas de Anna no obtenían respuestas y, en su mundo, esa situación fue tornándose insostenible, un duelo que no podía resolver por sí misma y que poco a poco iba llevándose la espontaneidad, la creatividad, la autonomía, la autoestima e incrementando la culpa y la vergüenza.

Anna no siente tener “permiso psicológico” para relacionarse libremente con ambos, no se siente aceptada totalmente y de ahí que oculte una parte importante de su vida a sus seres queridos, lo que va minando su autoestima y su seguridad personal.  

Uno de los roles que más asumen los hijos e hijas de padres separados es el de “NIÑA COLCHÓN”, hipervigilante, alerta siempre para amortiguar cada conflicto, cada discusión, cada desavenencia. Su posición, justo en el centro, de nuevo la sobrecarga. A menudo puede pensar que todo esto es injusto y su necesidad de mantener la lealtad hacia ambos le hace soportar ese incómodo lugar y, por miedo a que la situación empeore, asumir en ocasiones la culpa, lo que tiene un enorme precio a nivel emocional.

Con más frecuencia de la que nos gustaría, nos encontramos también con “NIÑOS EDREDÓN”, parentalizados, a los que se les asigna un papel protector sobre el progenitor más vulnerable. Son los encargados de consolar y reconfortar… algo que, sin lugar a dudas, no les corresponde y que les convierte en niños que incluso pueden llegar a suplantar el papel del otro o la otra progenitora, un “adulto en miniatura” como diría Minuchin (1974). Todo puede complicarse aún más si no consigue llegar a “lo que se espera de él/ella” y es entonces cuando aparecerá la culpa.

Marco lleva meses sufriendo las consecuencias de las desavenencias entre sus padres. Desde que su padre dejó de pasar la pensión a su madre, ésta no ha permitido las visitas ni las relaciones con su padre. Ante esto, Marco, ha comenzado a preguntar y a reclamar verlo recibiendo mensajes que no entiende de uno y otro “cuando tu padre ingrese el dinero te podrás ir con él”, “no estarás en el cumple de la abuela porque tu madre no quiere que vengas conmigo”.  

Marco es el “arma” que uno y otro, madre y padre, utilizan para agredirse mutuamente, lo que no solo le perjudica directamente sino que además, terminará asumiendo que sus necesidades están relegadas a la pelea de sus padres. Marco sería el “NIÑO BATE DE BEISBOL”.

Y aunque podríamos seguir con algunas clasificaciones más, estas son suficientes para poder hacernos una idea del sufrimiento, muchas veces invisible a los ojos de los adultos implicados, que pueden llegar a padecer los hijos e hijas.

Es relativamente fácil hablar de Parentalidad Competente en una familia unida, sin desavenencias o dificultades, la cuestión es que para que realmente podamos ponerle el adjetivo “competente” debe ser estable y no diluirse ante la dificultad, de ahí que aún nos quede mucho por hacer en este terreno y, mientras vamos haciéndolo, no nos olvidemos (como adultos y adultas sanas y competentes) de insistir:

  • El divorcio es un tema exclusivamente de los adultos, los hijos e hijas no tienen ninguna responsabilidad al respecto, NUNCA.
  • La posibilidad o no de reconciliación no depende de los hijos e hijas, ellos no pueden hacer nada al respecto.
  • Ambos, madre y padre, seguirán siendo madre y padre (no pareja), el amor no depende de si ellos están juntos o separados. El amor es incondicional.

Así, proporcionar a nuestras hijas e hijos un entorno seguro en el que todos, todas, padres, madres, hijas e hijos, continúen teniendo su lugar es el primer paso para evitar dificultades posteriores.

Necesito entender qué ha pasado y sería genial que estuvierais de acuerdo en eso; necesito oír que yo no tengo la culpa y que no os perderéis ni me perderéis el respeto; os necesito a ambos, no me hagáis elegir… no podría; necesito seguir teniendo un padre y una madre, que ya no seáis pareja no debería influir en esto; aunque no os lo diga e incluso me enfade cuando os metéis en mi vida, os necesito”.

María, 14 años.

BIBLIOGRAFÍA

  • CAPLAN, G. (1993). Prevención de los trastornos psicológicos en los hijos de padres divorciados. Aspectos preventivos en salud mental. Barcelona: Paidós
  • FERNÁNDEZ, E.  y GODOY, C. (2002). El niño ante el divorcio. Madrid: Pirámide.

* Artículo respetuoso con la diversidad. Intento utilizar lenguaje inclusivo y no sexista siempre que me es posible. He decidido minimizar los desdoblamientos y el uso de x, @, / para facilitar su lectura.

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