
La crianza no es algo nuevo que acabemos de conocer (aunque a veces pueda parecerlo), tampoco es algo destinado a unas pocas personas y mucho menos, algo que podamos controlar al cien por cien y donde uno más uno es dos… a veces pueden ser cuatro, otras diez y en muchas ocasiones menos cinco🫢 .
Hablar de crianza conlleva hablar de PARENTALIDAD y ésta nos lleva a la DISCIPLINA que, aunque es un término que ha sido muy mal utilizado, a mí me gusta reivindicar.
DISCIPLINA NO ES CASTIGO
La DISCIPLINA nada tiene que ver con el castigo, todo lo contrario, tiene que ver con la enseñanza, con la adquisición de destrezas, con formas de educar desde el RESPETO, la CONEXIÓN EMOCIONAL y el AMOR.
Cada familia es única y cada niña, cada niño, también; así las cosas, ningún modelo de crianza, ningún enfoque, ninguna estrategia es infalible. No se trata de modelos y mucho menos de competir entre nosotras para ver quien educa mejor, quien cría mejor a sus crías o si gastamos más o menos en “cosas” que nos dijeron que eran esenciales en los tiempos que corren 😞.
Qué quiero: cooperación y que hagan lo correcto, que desarrollen habilidades de autocontrol, brújula moral (que cuando yo no estoy también sean responsables y personas cuidadosas consigo mismas y con las demás).
Digo NO a la conducta y SI al niño, a la niña
(quizás esto sea lo más complicado y que, por cierto, SuperNanny no cuida nada)
PARENTING VERSUS PARENTALIDAD COMPETENTE (o como diría Gopnilk ¿Padres jardineros o padres Carpinteros?)
¿Cuál es, pues, el mejor método? No hay un método mágico y perfecto, y mucho menos un «Instrucciones de Uso. El Manual definitivo» (que diría Rocío Ramos Paul, autora y SuperNanny); cada niño necesita su propia mirada, cada niña es especial en sí misma; no obstante, hay “esenciales” a tener en cuenta que habrá que amoldar a cada niño, niña o adolescente, a cada circunstancia, a cada experiencia de vida: pertenencia, conexión y redirección.
Pertenecer es sentirse importante en un grupo, aceptado, querido… tenido en cuenta (nadie siente que pertenece cuando se le expulsa). Conectar es pararnos a mirar, a ver qué necesitan realmente y como bien dice Daniel Siegel olvidarnos del “piloto automático”, de lo que a otras personas les sirvió (No puedo conectar con Luis de la misma manera que lo haría con Juan, cada cual es único e irrepetible y lo que para uno es genial para el otro puede ser lo peor). Redirigir es poder enfocarnos en soluciones que les tengan en cuenta y les permitan poder tomar decisiones acertadas, no es imponer es acompañar.
Claro que, con todo esto, decidirnos por la jardinería o la carpintería para educar, para criar, parece ahora una decisión menos complicada ¿no? 🤔.
La jardinería conlleva siembra, abono, luz, mimos… a veces guía y sobre todo mucha, mucha paciencia. La carpintería, no deja de ser un trabajo encomiable y cuidado que necesita de mediciones, encajes, lijas, barnices, modelados y decorados y sí, también mucha, mucha paciencia.
Siento que hoy en día hemos pasado de criar EN comunidad (con padres, abuelos, primos, amigos…) a criar PARA la comunidad; muchos padres y madres pasan la infancia de sus hijos e hijas buscándoles las “mejores actividades”, los “mejores cumples”, el mejor nivel de inglés o unas vacaciones de ensueño mientras se olvidan de jugar, reír, compartir tiempo juntos… ESTAR.
Dicho así parece agotador ¿verdad?. Lo es. Sobre todo para aquellos cuidadores y cuidadoras que construyen una montaña de expectativas tan alta que es casi imposible alcanzar y ahí, llega la frustración, la preocupación y la tristeza. Para ellos y para sus hijos e hijas, que sienten continuamente que no están a la altura, y que, aunque lo que realmente les apetece es jugar o descansar, “tienen que” ir a inglés, a kárate o hacer tareas infinitas y, aun así, muchos sienten que nada es suficiente.
Por supuesto, voy a los extremos para poder ver y tengo claro una cosa: CADA CUAL HACE LO QUE PUEDE, CÓMO PUEDE Y CON LA MEJOR INTENCIÓN ¡ESO NO ES CUESTIONABLE!
Por tanto, no hay métodos infalibles, no hay crítica alguna hacia lo que hacemos y cómo lo hacemos (siempre que estemos en los márgenes del BUEN TRATO) y sí hay mucho camino por recorrer hasta llegar al equilibrio y por fin, tenerles en cuenta.
Y es que, tradicionalmente la parentalidad ha estado envuelta en un halo de eufemismos que hoy nos atrevemos a deshacer; en los últimos años ya no es tan extraño escuchar hablar de las renuncias que conlleva, las inseguridades, los miedos, los desafíos… las muchas culpas. Ha ido pasado de ser sentida como algo casi “divino” a ser sentida como algo complejo; tenemos más información de la que tuvieron nuestros padres o nuestros abuelos y desde ahí, nuestra responsabilidad se transforma para con la crianza.
Barudy (2005) diferenciaba entre la parentalidad biológica (procreación) y la parentalidad social y, es en esta última en la que las competencias parentales tienen cabida, dicho de otro modo… todos podemos tener hijos y no todos tendremos, de facto, las competencias necesarias para su adecuado desarrollo; eso sí, éstas podemos (y debemos) trabajárnoslas (nosotras, personas adultas, no los niños o las niñas, ellas lo harán cuando les toque).
Ahora sabemos que los niños no necesitan más “cosas”, nos necesitan a nosotras; sabemos que necesitan conexión, sintonía, relaciones significativas con sus cuidadores. Irremediablemente somos modelos a los que mirar y lo que hagamos y la relación que seamos capaz de establecer con ellos será nuestra herramienta más potente😊.
No, siento decirlo, pero la parentalidad no es un camino de rosas y aceptar este hecho es quizás el primer paso. No obstante, deshacer las ideas preconcebidas de las que partimos, darnos cuenta de que los miedos, la frustración o el rechazo están tan presentes, o más, que la calma, la alegría o la paciencia es todo un reto que, si somos capaces de atravesar, nos permitirá sentir lo que sí tenemos y, desde ahí, sentirnos mejores personas, mejores padres y madres, lo que conlleva irremediablemente otra dimensión de la RESPONSABILIDAD.
Con frecuencia, solemos dar el mismo sentido a palabras como “competencias” o “habilidades” y quizás, comenzar por diferenciarlas sea un buen paso.
Cuando Josefa me contaba que no sabía que le pasaba a su hija siempre me decía algo así como “no sé… está furiosa conmigo y yo no hago otra cosa que cuidarla, tal y como mis padres lo hicieron conmigo”. Claramente me estaba dando pistas de lo que sí parecía tener: habilidades parentales, era capaz de dar respuestas más o menos adecuadas, más o menos adaptadas a la etapa evolutiva de su hija, sin embargo, a medida que la conversación avanzaba podía ver sus dificultades “sé que está en esa edad tonta, pero eso no la justifica… todo el día enfadada, quejas y más quejas; lo hago todo por ella ¿Qué más quiere?”. Josefa parecía tener algunos déficits en torno a las capacidades parentales, a medida que su hija crecía le costaba más empatizar con ella, percibir sus necesidades emocionales (más allá de las físicas, más allá de sus propias creencias) y sobre todo sintonizar con ellas.

Muchos autores han abordado este concepto, Rodrigo, Máiquez, Martín y Byrne (2008) se han referido a las competencias parentales como el conjunto de capacidades que permiten afrontar de forma flexible y adaptativa la tarea de la crianza teniendo en cuenta las necesidades evolutivas y educativas de los hijos, lo socialmente aceptable y las oportunidades y apoyos que ofrecen los sistemas de influencia de la familia.
A mí me gusta, especialmente, la definición de competencias parentales de Barudy y Dantagnan (2010) “las capacidades prácticas que tienen las madres, padres o personas adultas significativas para cuidar, proteger y educar a sus hijos y asegurarles un desarrollo suficientemente sano”, siempre influenciado por componentes biológicos-hereditarios, experiencias vitales, cultura y contextos sociales actuales y pasados.
La relación con nuestros hijos se convierte en una herramienta potente; padres, madres y cuidadores significativos nos convertimos irremediablemente en el pilar más importante (sin olvidar que nuestros contextos serán también determinantes). Nuestra capacidad de respuesta afectiva, cognitiva, comunicativa y comportamental, así como nuestras maneras (más o menos flexibles, más o menos adaptativas, más o menos respetuosas) de educar (interactuar, resolver discrepancias, dedicación, presencia, etc.) determinarán nuestra competencia parental.
Y aquí hago una pausa para recordar lo que muchas veces y de infinitas maneras expreso: todo lo que no sea buen trato es maltrato (consciente o inconsciente, por acción o por omisión, la parentalización, la sobreprotección, la exposición a la violencia, etc., etc.).
Si le damos una vuelta más (y sabéis que me gusta hacerlo) seremos capaces de poner un apellido a la parentalidad de la que hablamos y llegaremos a nuestro foco: la parentalidad positiva o parentalidad competente, como a mí me gusta llamarla y que poco o nada tiene que ver con lo idílico, lo fácil o con grandes creencias como “a mí me daban cachetadas y mira, me va genial” o “es que ahora no le podemos ni chistar a los niños” o esta otra muy generalizada “lo que quiero es que mis hijos tengan todo aquello que yo no pude tener (material)” e incluso esta «si le dejas solo se le pasará»😠.
El ejercicio competente (positivo) de la parentalidad conlleva implicación, conexión, afecto, apoyo, estímulo, normas y límites, comunicación y altas dosis de compasión.
Eva Carballar
BIBLIOGRAFÍA
GOPNIK, A. (2018). ¿Padres Jardineros o padres carpinteros). Barcelona: Editorial Planeta
MARTINEZ DE MANDOJANA, I. (2021). Pero a tu lado. De la parentalidad positiva a la crianza terapéutica. Madrid. El Hilo Ediciones.
SIEGEL, D. y PAINE BRYSON, T. (2015). La disciplina sin lágrimas. Una guía imprescindible para orientar y alimentar el desarrollo mental de tu hijo. Barcelona: SA Ediciones B
* Artículo respetuoso con la diversidad. Intento utilizar lenguaje inclusivo y no sexista siempre que me es posible. He decidido minimizar los desdoblamientos y el uso de x, @, / para facilitar su lectura.
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